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Perdió el útero, pero pudo conservar “los ovarios, la vejiga y su vida”



“Tener un hijo”. Es el pensamiento más repetido por María Luisa Vallejo, granadina de 33 años. Es su sueño y el de su pareja, José. Parece una frase sencilla pero, en su caso, conlleva una lucha. Su deseo depende de que en España se apruebe la maternidad subrogada, más conocida como “vientres de alquiler”. Su relación, que empezó cuando tenían 17 años, destila un amor profundo en cada etapa. Incluso cuando la distancia les separaba. A los 26 años, la vida les proporcionó un cambio de rumbo, más estable. Su destino fijo sería Granada. Se compraron una casa, un perro, se casaron, se dieron un tiempo para disfrutar de la relación… Hasta que decidieron ser padres. “Significaba una gran responsabilidad”, añade María Luisa, “y yo sabía que sólo me lanzaría a buscarlo cuando me sintiese realmente preparada y motivada”.

Septiembre de 2011 fue un mes repleto de ilusión. Su primer embarazo. A las nueve semanas tuvo un aborto espontáneo. Aprendieron a recuperarse de este golpe, convencerse de que no todo tiene una explicación, de quitarse miedos y sentimientos de culpa. Volvieron a intentarlo y, de nuevo, justo un año más tarde, en septiembre de 2012, se confirmó su segundo embarazo. “Decidimos que, con mucha prudencia e ilusión, íbamos a disfrutar cada etapa. Para asegurarnos de que todo fuera bien, llevaba un control doble: por la sanidad pública, pero también con una obstetra privada como segunda opinión”.

En las primeras pruebas se llevaron algún que otro susto aunque, finalmente, les confirmaron que el bebé sería varón y que estaba sano. La alegría inundó los días de esta pareja. María Luisa no dejó de trabajar, pero se cuidó al máximo. Acudía a natación terapéutica y a yoga. Aún le cuesta rememorar aquellas sensaciones, donde la alegría estaba al alcance de su mano: “Mi bebé crecía sano y hermoso en mi vientre y estábamos felices día tras día. Mi marido se despertaba y me daba besos en la barriga, me preparaba fruta cortadita por la noche…”, recuerda con ternura y añoranza.

“Me llevaron al paritorio y me dijeron que empujase. Rompí la bolsa completamente, pero mi hijo se atravesó en mi vientre y no salió”
Todo cambió a la vuelta de un viaje de trabajo. Tuvo un sangrado. En urgencias le quitaron importancia. Al día siguiente volvieron las molestias. Cada vez más intensas. En el hospital le anunciaron que estaba de parto, cuando estaba sólo de 24 semanas. “Parecía estar literalmente en una pesadilla. Todo a mi alrededor era terrorífico y doloroso”, revive con angustia: “Me llevaron al paritorio y me dijeron que empujase. Rompí la bolsa completamente, pero mi hijo se atravesó en mi vientre y no salió”

Los médicos decidieron que, en esta situación, era mejor dejarlo y ver cómo transcurría. Si salía bien, tal vez el bebé podía aguantar dentro hasta la semana 28 y así tener más posibilidades de vida. A la semana, volvieron unas contracciones muy fuertes. Fue el momento de practicarle una cesárea. Sabían que era muy complicada porque su útero era muy pequeño. “Pero una doctora dijo que Marco, como se llamaba mi hijo, se merecía esta oportunidad. Personalmente, sin importarme mi propia vida”, admite convencida. Y al fin consiguieron ese instante donde parece que todo empieza de nuevo. Tras la cesárea, Marco llegó al mundo: “Nació muy pequeñito, pero muy vivaracho. Contra todo pronóstico parecía que era suficientemente fuerte y que podíamos ver un milagro”.

La recuperación fue más larga de lo común. María no se encontraba bien y, a la semana, cuando le iban a dar de alta, solicitó quedarse más. Aquel malestar se mostró esa misma noche, con unos dolores muy fuertes. Tras varios diagnósticos erróneos de dos médicos, una tercera doctora descubrió que tenía una infección hospitalaria muy extendida por el útero a consecuencia de la cesárea. No sabían si otros órganos estaban afectados. Había que operar a María Luisa de urgencia para evitar que se extendiese la infección a la sangre. Como poco, le avisaron de que iba a perder su útero: “La operación era de vida o muerte. Me despedí de mi marido y mi familia por si acaso. Fue terrible. Mi miedo era pavoroso”.

Perdió el útero, pero pudo conservar “los ovarios, la vejiga…y mi vida”, afirma, aliviada, aunque pronto recupera el dolor de aquellos días: “Sufrí mucho. Preguntaba constantemente por mi hijo”. El drama no acabó aquí. Les avisaron de que Marco empeoraba. Tenía convulsiones. Un mes más tarde, el 13 de marzo de 2013, el pequeño murió. “Murió en los brazos de su padre, colmado de mis besos en la UCI de neonatos. No hemos conocido un dolor igual”. Su mundo pareció paralizarse.

“Si yo tuviera la más mínima oportunidad de gestar a mi sobrino, lo haría sin ninguna duda”
La hermana de José, Rocío, ha vivido con ellos estos años de ilusiones rotas. Son una familia muy unida. Por esta razón, si se aprobase la maternidad subrogada en España, ella se ofrecería como madre gestante: “Desde la muerte de Marco, el dolor se hizo aun más intenso al no poder albergar la posibilidad de tener más hijos. En cuanto supe de la maternidad subrogada, mi primer pensamiento fue: si yo tuviera la más mínima oportunidad de gestar a mi sobrino, lo haría sin ninguna duda”. A ello se suma que Rocío trabaja con niños de entre 3 y 11 años y, aunque no tiene hijos propios, afirma que entiende “la impotencia, la rabia y la tristeza de que un problema físico impida ser madre”.

María Luisa ya perdió un hijo.
María Luisa reflexiona sobre su petición de legislar la maternidad subrogada: “Yo soy fértil. Tengo ovarios, óvulo; pero desgraciadamente perdí mi útero y no puedo gestar. Puedo ser madre biológica y mi marido puede ser padre biológico”. En este sentido, se siente discriminada frente a las mujeres que sin óvulos, sí que pueden ser madres.

Otros países llevan la delantera a España en esta materia. Estados Unidos es la que aporta más garantías, pero requiere de bastante dinero. “No podemos permitírnoslo ni en sueños”, reflexiona María Luisa, “mientras que los cantantes, futbolistas y ricos, sí”. Rocío también se queja de este planteamiento y reclama que se le quite frivolidad: “Parece que el vientre de alquiler se asocia sólo a ricos y famosos pero hay muchos casos, como el de mi cuñada, en nuestro país”, avisa. “Si en España se aceptase la ley, tal vez yo podría ser madre. Si no se acepta esta ley nunca lo sabremos”, admite María Luisa con cierta esperanza y añade: “Por eso soy fedataria de Gestación Subrogada”. Se trata de una plataforma que, en breve, recogerá firmas para la legalización y regulación de la maternidad subrogada por Iniciativa Legislativa Popular. Necesitan unas 500.000 firmas para que su propuesta sea admitida a trámite en el Congreso.

“Parece que el vientre de alquiler se asocia sólo a ricos y famosos pero hay muchos casos, como el de mi cuñada, en nuestro país”
Desde entonces reconoce que la lucha más intensa es enfrentarse a los estigmas sociales: “Hay familias adoptivas, monoparentales, homoparentales y nosotros tenemos derecho a existir. No pedimos más. Que nos acepten. ¿Puede existir algo más bello que la unión de dos partes decididas a crear vida?”, subraya María Luisa.

Una de las críticas más comunes a la que se enfrentan es la idea de que se trata de un acto que busca sólo el interés económico. “Una madre gestante no es una empresa. En EEUU la gestante debe pasar unas pruebas, unas sesiones psicológicas, se les pide unas condiciones familiares muy concretas. No hay lado oscuro”, defiende Rocío. Frente a esto, María Luisa reclama empatía: “El no poder tener hijos es tabú en ese país. Dramas como el mío pueden ocurrir. Si te pasase a ti, ¿querrías tener posibilidad de avanzar?”. También se enfrentan a los debates morales. “Sí, y de religión”, matiza Rocío, “pero a ellos les diría que también es una forma de ayudar al prójimo, de hacer el bien… ¿Y no defiende eso la fe? Lo que se obtiene es una inmensa alegría, una oportunidad para completar la vida”.

Las dos creen que España y sus ciudadanos deben afrontar esta decisión. “Somos un país maduro, progresista y de gran corazón. Podemos y debemos tener una ley que nos merecemos”, subraya María Luisa. Rocío apunta a que no supone complicaciones: “Podemos hacer uso de los avances de la ciencia como en otros países. Tenemos profesionales y medios más que capacitados. Sería muy triste dejar a un lado algo tan significativo como esto por cuestiones morales”.

“Ser vientre de alquiler no es un negocio. Tiene mucho de humanidad, empatía y atruismo”
Rocío desea ver a su hermano y a su cuñada felices. Pero tampoco descartaría, en el caso de que existiese una ley, ayudar a otras familias: “Ser vientre de alquiler no es un negocio. Tiene mucho de humanidad, empatía y altruismo. Estás dando vida a una persona que, de otra manera, no podría estar entre nosotros. Y a la vez, estás haciendo feliz a unos padres”.

Las dos intentan no ilusionarse, pero sí están dispuestas a luchar porque la maternidad subrogada se apruebe. “Debe generar una satisfacción enorme saber que, tras nueve meses, habrá tres personas conectadas gracias a ti, preparadas para empezar una vida juntos. Una vida muy diferente a la que un día pensaron”, expresa Rocío emocionada. Piden que se eliminen tabúes y etiquetas. Muchos obstáculos que vencer. Aunque, a pesar de lo que digan, María Luisa lo tiene muy claro: “Yo amaba a mi hijo antes de concebirlo y el amor también se construye con la convivencia. El amor no es entrañable porque salga de las entrañas”.