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¿Es fácil quedarse embarazada a los 50? Descubre los mitos sobre la fertilidad



Cada año miles de mujeres en España se ponen en manos de especialistas para que las ayuden a conseguir un embarazo. Entonces descubren las falsas leyendas que rodean un tema que condiciona sus vidas. Esta es la asignatura pendiente de las españolas: aprender cómo y cuándo pueden ser madres más allá de sus deseos. Los expertos lo aclaran.

“Desde niñas nos enseñan a prevenir los embarazos pero no nos dicen nada sobre cómo conseguir convertirnos en madres”. La doctora Fulvia Mancini, ginecóloga de las clínicas Eva, ha llegado a esta conclusión tras comprobar como muchas de las mujeres que acuden a su consulta se sorprenden porque no logran un embarazo de forma natural. Y no es de extrañar, ya que la ignorancia acerca de cómo funciona nuestro cuerpo a la hora de concebir es manifiesta. Afortunadamente, existe solución para muchos de los problemas, y de los sustos tras oír el diagnóstico. Analizamos algunos de los mitos existentes y profundizamos sobre las respuestas que da la ciencia.

Tengo la regla, luego soy fértil

Hace tan solo unas semanas, en un programa vespertino de máxima audiencia una colaboradora de 45 años clamaba a los cuatro vientos que podía quedarse embarazada en cualquier momento porque aún menstruaba. Ninguna de sus compañeras la corrigió ni nadie le aclaró que, a los 45, solo hay un 1% de posibilidades de lograr un embarazo con un óvulo propio y, si se consigue, el 50% acaba en aborto .

“Tener la regla no equivale a ser fértil. Más allá de los 40 o 42 años es prácticamente imposible quedarse embarazada de manera natural”, asegura el doctor Juan Antonio García Velasco, director de IVI Madrid. “Y la Fecundación in Vitro (FIV), pese a lo que muchas piensan, no soluciona los problemas asociados con la edad. A mi consulta vienen muchas señoras pensando que si una famosa ha sido madre con 48 años ellas también podrán; nadie les cuenta la realidad de la historia, y es que lo han logrado gracias al óvulo de una donante”.

Encarna tenía 44 años cuando conoció a su segundo marido. Con dos hijos adolescentes, quiso repetir maternidad y darle un hijo biológico a su nueva pareja. Por entonces había cumplido los 46: “Pensé que acudiría a mi ginecóloga y, con medicación y una FIV, lo lograría. La sorpresa fue tremenda cuando la doctora me dijo que nunca podría tener un hijo biológico, que necesitaba la ayuda de una donante. Entré en una profunda depresión. ¿Por qué nadie me contó que los óvulos envejecen?, ¿por qué las mujeres que han necesitado una donación lo ocultan?”.

La doctora Mancini responsabiliza en parte a sus colegas ginecólogos de dramas como el vivido por Encarna:”Muchas veces no cuentan nada en sus consultas. Mediante una ecografía vaginal podrían comprobar la reserva ovárica en una revisión rutinaria. Y, cuando prescriben una analítica, no les costaría nada pedir el valor de la hormona antimulleriana (que también mide el nivel de fertilidad)”. Hay que tener presente que, por muy joven que se sienta hoy una mujer, su sistema reproductivo se comporta como el de su bisabuela a esa misma edad.

Vitrificar óvulos es siempre una solución

Sin embargo, la ciencia ofrece una manera de burlar a la naturaleza: la preservación de la fertilidad a través de la vitrificación de óvulos. Eso sí, siempre que se realice a tiempo. “Todos los meses recibo al menos a una mujer mayor de 45 que quiere realizar esta técnica, y me toca decirles que llegan demasiado tarde, que lo ideal es hacerlo cuando tienen menos de 35”, puntualiza Esther Marbán, ginecóloga de la clínica Tambre. Este centro ha puesto en marcha el programa Tempo, para concienciar a las mujeres de que, si quieren plantearse la maternidad a largo plazo, no les queda otra opción que preservar su óvulos.

El proceso resulta bastante sencillo. “Después de una evaluación de la reserva ovárica, se inicia un tratamiento que consiste en inyectarse hormonas para estimular los folículos (las cavidades donde se encuentran los óvulos) durante ocho o diez días. Cuando estos tienen el tamaño adecuado se realiza una punción con sedación suave para extraerlos. Luego se puede hacer vida normal”, explica la doctora Marbán.

María, a los 37 años, “quería un seguro de maternidad. Estoy en un momento profesional de crecimiento al que no quiero renunciar, pero también soy consciente de que deseo tener hijos en un futuro. Me siento muy bien, aunque sé que mi cuerpo lleva otro ritmo. Acudí al IVI con la incertidumbre de cómo iría todo, porque soy la primera de mi círculo de amigas que ha vitrificados sus óvulos, ¡aunque ya he convencido a algunas para que sigan mi ejemplo! La extracción no duró más de 20 minutos y ni me enteré. Tras la punción sientes el mismo dolor que cuando tienes la regla, poco más. En 15 días acabó todo el proceso. Quizá nunca los use, pero si los quiero, ahí están”.

Con un precio en torno a los 3.000 euros que cuesta el proceso, y unos 350 más al año por el mantenimiento, los óvulos son vitrificados de forma que conservan la calidad intacta hasta que se produce la transferencia. “De todas maneras, hay que tener en cuenta que un embarazo no es igual a una edad que a otra, pues con el paso del tiempo se asumen más riesgos. Además, por un consenso al que han llegado los especialistas, rebasados los 50 años no someten a tratamientos de fertilidad”, matiza la doctora Marbán.

Tener hijos es una cuestión de suerte

Aún hay quien considera que el hecho de tener un bebé depende casi del azar y que no concebir es un designio de la naturaleza. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la infertilidad como “una enfermedad del sistema reproductivo definida como la incapacidad de lograr un embarazo clínico después de 12 meses o más de relaciones sexuales no protegidas”. Se calcula que en España la sufren un 15% de las parejas. Por suerte, la ciencia médica lucha por eliminar todas las trabas que pone la biología. Gracias a los avances en reproducción asistida, en 2016 (según los últimos datos de la Sociedad Española de Fertilidad) nacieron en nuestro país 37.503 bebés. Además, se realizaron casi 140.000 ciclos de Fecundación in Vitro (FIV) y más de 36.000 inseminaciones artificiales.

Actualmente los especialistas están esperando que se comercialice un nuevo test que podría ser de gran ayuda. “Para realizarlo solo se necesita una muestra de saliva y permitirá saber qué tipo de fármacos van bien a cada paciente. Cuanto más se personalicen los tratamientos, más eficaces resultarán”, explica la doctora Mancini.

Todos los ginecólogos consultados coinciden en que la gran revolución la protagonizan los biólogos. “Ellos son los magos”, afirma el doctor García Velasco, “la diferencia entre una clínica u otra consiste en tener un buen laboratorio. Lo que sucede entre la extracción de los óvulos y la transferencia de embriones resulta vital. Las incubadoras de última generación han conseguido mejorar la selección de ovocitos y embriones, lo que ha reducido los embarazos gemelares. También se ha avanzado en el diagnóstico genético preimplantacional”.

Los bebés no vienen del laboratorio

Rocío y Raquel nunca pensaron que su hijos serían creados en una probeta. La primera es una de las muchas mujeres que no lograba un embarazo tras varios años intentándolo, en concreto desde los 31. “Mi marido tenía una enfermedad genética hereditaria, pero decidimos arriesgarnos y ser padres de forma natural. Al no conseguirlo recurrimos a la clínica Tambre”, recuerda Rocío, que añade: “A mí me diagnosticaron ovarios poliquísticos y a mi marido, espermatozoides vagos. Optamos por un diagnóstico genético preimplatacional y solo me transfirieron los embriones sanos para evitar la enfermedad genética de mi pareja. Ni aun así lograba el embarazo. Cuando íbamos a tirar la toalla se sumó al equipo médico una inmunóloga y logramos tener un niño y una niña gracias a una FIV más un tratamiento farmacológico. Este evitó que mi útero rechazase los embriones, como había sucedido antes”.

A pesar del final feliz, recuerda lo duro que fue el tratamiento, los cambios físicos y psíquicos que padeció por culpa de las hormonas y la angustia de la espera entre la transferencia de embriones y la confirmación del embarazo.

Raquel, por su parte, pasó por un calvario tras ser diagnosticada de un linfoma de Hodgkin (un tipo de cáncer) con solo 32 años. “Toda la maquinaria se puso en marcha”, recuerda, “y mientras terminaban las pruebas para empezar la quimioterapia me realizaron el proceso de preservación de la fertilidad, congelando unos cuantos ovocitos para un futuro. Después de algunos años, mi hematóloga me dio luz verde para quedarme embarazada. Primero lo intenté de forma natural, porque la quimioterapia apenas había afectado a mis óvulos, luego con los ovocitos congelados, pero nada funcionó. Los meses iban pasando en el hospital público, así que decidí trasladar los dos embriones congelados a una clínica privada, donde tampoco salieron adelante. Empecé otra vez de cero y finalmente conseguí tener a Mara, mi hija, en mis brazos”.

Los niños solo pueden tener una madre

La doctora Mancini dibuja tres perfiles que abundan en su consulta: mujeres que posponen la maternidad, que la afrontan en solitario y parejas de lesbianas. En este último grupo se ha producido una gran revolución: ahora los dos miembros de la pareja pueden vivir el proceso en primera persona y los pequeños, contar con dos mamás. Además, los bebés nacidos gracias a esta técnica pasan a tener la filiación de ambas mujeres de forma automática (sin necesidad de que la que no ha dado a luz adopte al retoño).

Esta fórmula, a la que únicamente pueden acogerse las parejas casadas, se denomina método ROPA (recepción de óvulos de la pareja) y ha revolucionado la forma de concebir para las parejas lesbianas. Consiste en que una de las mujeres gesta un embrión que se ha formado tras una FIV con los óvulos de su cónyuge y el semen de un donante.

A los 30 años, Paqui decidió quedarse embarazada con óvulos de su mujer, de 26: “Soy un poco mayor que mi pareja y por eso prefería vivir yo este embarazo. En la clínica Eva extrajeron los óvulos de mi mujer y los fecundaron con el semen de un donante que tenía mis características físicas, de hecho mi hijo se parece muchísimo a mí. Al primer intento me quedé embarazada y ahora nuestro hijo Bruno tiene siete meses. En otoño intentaremos tener un segundo con los óvulos que aún quedan congelados. Si todo va bien soñamos con formar una familia numerosa, y lo haremos al revés. Es decir, mi mujer en un futuro vivirá un embarazo con óvulos míos”, explica Paqui.

Esta técnica supone un coste de unos 6.000 euros. Una vez que hayan finalizado los tratamientos y no deseen aumentar su familia, Paqui y su pareja tienen muy claro lo que harán con los óvulos vitrificados que hayan sobrado: “Los donaremos a otras mujeres para que puedan cumplir su sueño, tal y como lo hemos hecho nosotras”.