Una prueba de 21 genes realizada en tumores podría permitir que la mayoría de las pacientes con el tipo más común de cáncer de mama temprano pueda evitar la quimioterapia de manera segura, según revela un estudio histórico publicado en ‘New England Journal of Medicine’. “Con los resultados de este estudio pionero, ahora podemos evitar con seguridad la quimioterapia en aproximadamente el 70 por ciento de los pacientes que son diagnosticados con la forma más común de cáncer de mama”, afirma Kathy Albain, oncóloga del Sistema de Salud de la Universidad de Loyola, en Maywood, Illinois, Estados Unidos, y una de las principales coautoras del estudio. “Para innumerables mujeres y sus médicos, los días de incertidumbre han terminado”, asegura esta experta.
El primer autor del estudio es Joseph Sparano, del Centro Médico Montefiore, en Bronx, Nueva York, Estados Unidos. Y se ha publicado este domingo al mismo tiempo que se presentaba en la sesión plenaria de la Sociedad Americana de Oncología Clínica 2018 reunida en Chicago, Estados Unidos. La prueba examina 21 genes de una muestra de biopsia de cáncer de mama de una paciente para determinar cómo de activos son. Al tumor se le asigna una “puntuación de recurrencia” de 0 a 100; cuanto mayor es la puntuación, mayor es la probabilidad de que el cáncer vuelva a aparecer en órganos distantes y disminuya la supervivencia. Si las pacientes con puntuaciones más altas reciben quimioterapia, este riesgo de recurrencia se reducirá significativamente, permitiendo que más pacientes se curen.
Anteriormente, el desafío al que se enfrentan los médicos y las pacientes es qué hacer si una mujer tiene una puntuación de rango medio. No estaba claro si el beneficio de la quimioterapia era lo suficientemente grande como para justificar los riesgos y la toxicidad añadidos. Estudios previos demostraron que las pacientes con puntuaciones bajas (10 o menos) no necesitaban quimioterapia, mientras que las mujeres con puntuaciones elevadas (más de 25) sí la necesitaban y se beneficiaban con la quimioterapia. El nuevo estudio examinó a la mayoría de las mujeres que estaban en el rango intermedio de 11 a 25. El análisis incluyó a 10.273 mujeres que tenían el tipo más común de cáncer de mama (receptor de hormona positiva, HER-2 negativo) que no se había diseminado a los ganglios linfáticos. Los científicos examinaron los resultados del 69 por ciento de las pacientes que presentaban puntuaciones intermedias en la prueba de 21 genes.
Las pacientes fueron asignadas aleatoriamente para recibir quimioterapia seguida de terapia hormonal o terapia hormonal sola. Los científicos evaluaron los grupos de quimioterapia y no quimioterapia para obtener varios resultados, incluido el hecho de no presentar cáncer, de que el cáncer reaparezca localmente o en sitios distantes en el cuerpo y la supervivencia general.
Para toda la población de estudio con puntuaciones de pruebas genéticas entre 11 y 25, y especialmente entre las mujeres de 50 a 75 años, no hubo diferencias significativas entre los grupos de quimioterapia y sin quimioterapia. Entre las mujeres menores de 50 años, los resultados fueron similares cuando las puntuaciones de la prueba genética fueron 15 o menos. Entre las mujeres más jóvenes con puntuaciones de 16 a 25, los resultados fueron ligeramente mejores en el grupo de quimioterapia. “El estudio debería tener un gran impacto en los médicos y los pacientes”, afirma Albain. Sus hallazgos ampliarán en gran medida la cantidad de pacientes que pueden renunciar a la quimioterapia sin comprometer sus resultados. Estamos reduciendo la toxicidad de la terapia”.
Hablamos de baja respuesta cuando en un tratamiento de fertilización in vitro el número de óvulos que obtenemos es inferior al esperado. Habitualmente se etiqueta a una mujer como baja respondedora cuando se han recogido 3 o menos ovocitos y cuando existe algún parámetro de reserva ovárica alterado fundamentalmente la hormona antimülleriana o el recuento de folículos antrales.
El hecho de que las mujeres tengan una respuesta insuficiente al tratamiento hace que su pronóstico se vea claramente comprometido, de hecho la baja respuesta es una de las causas más importantes de que las pacientes abandonen de forma prematura los tratamientos terminando su vida reproductiva sin tener hijos.
Por eso es tan importante la evaluación del caso por un equipo multidisciplinar: Ginecólogos, genetistas, embriólogos y especialistas en biología molecular con bagaje no solamente asistencial sino también investigador debe diseñar una estrategia definida y personalizada para optimizar las posibilidades de conseguir un recién nacido sano.
La realización de pruebas diagnósticas en pacientes con baja respuesta resulta fundamental, tenemos que descartar que haya algún problema que al mismo tiempo de causar la baja respuesta pueda amenazar su salud y al mismo tiempo tenemos que realizar test genéticos para mejorar la seguridad de tener un recién nacido sano y también para ayudarnos al manejo de la paciente y encontrar el mejor protocolo de estimulación.
Dentro del estudio genético específico para pacientes con baja respuesta ovárica incluimos el cariotipo y el estudio genético del Síndrome del Cromosoma X-frágil. Si alguna de estas pruebas resultara ser positiva, nos permitirá conocer el origen del problema de fertilidad de la paciente y evitar el nacimiento de un niño con una enfermedad genética grave.
El Instituto Bernabeu descubre las variantes genéticas de la fertilidad
En el Instituto Bernabeu tras más de 4 años de investigación hemos identificado los genes implicados en la respuesta ovárica, que ha permitido desarrollar un novedoso estudio genético sobre la función del ovario (IBgenFIV). Este test genético permite al equipo médico diseñar un tratamiento farmacológico personalizado a la paciente para determinar la medicación más adecuada a su perfil genético y así mejorar las posibilidades de conseguir el embarazo al poder obtener un mayor número de ovocitos.
La vitrificación es una técnica que virtualmente evita la formación de cristales de hielo, el principal problema asociado a los procesos de criopreservación. Su incorporación como técnica de rutina en los laboratorios ha contribuido a mejorar los resultados enormemente respecto a otras técnicas empleadas tradicionalmente, especialmente en el caso de los ovocitos, permitiendo alcanzar tasas de supervivencia muy elevadas. Estos avances han redundado en un claro beneficio para muchas pacientes, incluidas aquellas con una baja respuesta a la estimulación ovárica. En estos casos una alternativa consiste en criopreservar los ovocitos obtenidos en sucesivas estimulaciones ováricas para acumularlos hasta alcanzar un número adecuado, similar al que podría esperarse en una paciente normorrespondedora, y fecundarlos posteriormente todos al mismo tiempo. De esta manera el número de embriones disponibles se vería aumentado, así como las posibilidades de conseguir un embarazo.
¿Cómo conseguir el mayor número de ovocitos?
En nuestra opinión la estrategia para conseguir el mayor número de ovocitos en estas pacientes debe salirse de los protocolos de estimulación convencionales. En ocasiones la realización de tratamientos adyuvantes durante el ciclo previo puede ayudar a mejorar la respuesta. Sin embargo, en otro grupo específico de casos será mucho mejor realizar protocolos de estimulación suaves que aumenten el confort de la paciente obteniendo un resultado óptimo.
Tenemos que tener en cuenta que las pacientes atendidas en el Instituto Bernabeu pueden acumular ovocitos de distintas estimulaciones mediante la vitrificación, en estas pacientes podemos aumentar la accesibilidad al tratamiento porque vamos a disminuir considerablemente el coste y al mismo tiempo nos va a permitir obtener el mayor número de ovocitos en el menor espacio de tiempo.
Dormir desnuda con tu pareja no solo es uno de los actos más tiernos que ambos pueden tener, también te traen grandes beneficios que estamos seguras que te encantarán.
MÁS SEXO
Cuando duermes desnuda con tu pareja, la frecuencia con la que tienes relaciones sexuales aumenta de manera desmedida. Esto a raíz de que al estar tu cuerpo sin ninguna prenda que la limite, es capaz de ser más sensible ante cualquier tipo de estimulación.
Una caricia puede sentirse más cálida que de costumbre, despertando tus zonas erógenas. Te sientes más libre y relajada, desinhibiéndote de todo y dándole paso al placer.
MÁS FERTILIDAD EN LOS HOMBRES
Este beneficio no te lo esperabas. Los hombres que duermen sin calzoncillos tienen un 25% menos del índice de ADN dañado en sus espermatozoides según un estudio realizado por el Instituto Nacional de Salud y Desarrollo Infantil de la Universidad de Stanford.
Incluso, Allan Pacey, especialista en fertilidad de la Universidad de Sheffield confirmó dicho estudio.
“Hace tiempo que sabemos que los hombres que aumentan la temperatura de sus testículos, ya sea por la exposición al calor en el trabajo o por usar ajustados ropa interior, tienen peor calidad de semen en comparación con los hombres cuyos testículos son más fríos”.
FORTALECE TU RELACIÓN
Estar desnuda con tu pareja no solo es por solo sexo, sino por algo mucho más importante: intimidad. Para que duermas de esta forma con tu ser amado es porque tienen un grado de confianza única y ambos dejan que cada uno se explore, amándose tal y como son. Ya no hay miedos ni secretos. Son solo uno.
ACELERA EL METABOLISMO
Al dormir mucho más frescos en la noche, sus cuerpos podrán deshacerse de las calorías con mucha más facilidad al activar el metabolismo. ¡Bajarás de peso!
El pescado es un alimento que ayuda al control de la presión arterial, pues posee ácidos grasos llamados omega 3 que tienen efectos antinflamatorios. Asimismo, el producto marino está relacionado con la fertilidad en las parejas, según un estudio publicado por The Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism y UPI.
Investigadores del departamento de nutrición de la Universidad de Harvard estudiaron a 101 parejas que buscaban tener una familia y las siguieron durante un año para registrar varios aspectos de su estilo de vida. Algunos de ellos fueron la frecuencia de relaciones sexuales y de consumo de pescado.
La probabilidad de embarazo para las parejas que consumían más de dos porciones de pescado a la semana fue de 92%. El 79% de parejas que comían menos de una porción en el mismo tiempo consiguieron el embarazo. Por su parte, las parejas que consumían más de dos porciones semanales tuvieron 22% más frecuencia de relaciones sexuales que las que consumían menos de una porción de pescado en el mismo tiempo.
Los científicos encontraron una relación directa entre el consumo de pescado de la pareja, una mayor frecuencia de relaciones sexuales y más probabilidad de embarazo. Sin embargo, los autores no encontraron en el estudio una correlación estadística entre las parejas que tenían más vida sexual y la posibilidad de tener un bebé.
“Eso demostraría que el pescado contiene nutrientes que favorecerían el embarazo independientemente de la frecuencia de relaciones sexuales”, comenta el Consejero Médico de RPP Noticias Elmer Huerta.
Mucho se comenta sobre el contenido de mercurio, un compuesto tóxico, en los animales marinos. Según los científicos, los pescados grandes son más nocivos y los pequeños tienen menos probabilidad de estar contaminados. “El pejerrey, la trucha y el salmón son pescados preferibles. El atún, pez espada y el tiburón son los más contaminados. (…) Este alimento debe ser consumido dos o tres veces por semana, de acuerdo a los autores del estudio”, agrega Huerta.
Si bien el estudio es muy sugestivo, no prueba que el pescado sea la razón de la fertilidad y relaciones sexuales en las parejas. “Pero los científicos dicen que sí es cierto que muchas parejas eligen el pescado como alimentos favorito para sus citas románticas”, sostiene.
Soy el fruto de mi padre y de la hermana de mi madre.
No, no es tan escandaloso como suena. A los 32 años, mi madre había sobrevivido dos veces al cáncer, pero sus óvulos, destrozados por la quimioterapia, no lo lograron.
“Me dijeron que no podría tener hijos”, solía decirme mientras me cepillaba el pelo, maravillada por mi existencia. El mérito hay que atribuírselo a un pequeño avance científico conocido como fecundación in vitro.
La fecundación in vitro (FIV) es el procedimiento por el cual los óvulos de una mujer son fecundados en una placa de Petri fuera del cuerpo. Los óvulos se extraen de la madre —o de la donante de óvulos en mi caso— mediante una aguja de punción que se introduce en la vagina y más allá. El esperma, bueno, es semen en un tarro producido con ayuda del porno. Tras el período de incubación, los médicos escogen los embriones más viables para realizar la transferencia. Por lo general, escogen varios embriones para aumentar las probabilidades de éxito, lo cual también aumenta las probabilidades de tener un embarazo múltiple. Una vez introducidos en el cuello uterino, la gestación se desarrolla igual que cualquier embarazo corriente. Y entonces, ¡tachán, un bebé! ¡Yo!
Básicamente, por lo que a mí respecta, mis padres podrían ser vírgenes.
“Me dijeron que no podría tener hijos”, solía decirme mientras me cepillaba el pelo, maravillada por mi existencia.
En el primer embarazo de mi madre, fue su mejor amiga de la universidad quien se ofreció voluntaria para ser su donante de óvulos. Como resultado salió mi hermano mayor, Kevin, de ojos azules. Dos años más tarde, cuando mis padres quisieron otro bebé, mi madre le pidió ayuda a su hermana favorita, mi tía Molly. En esta ocasión, tres de los cuatro embriones insertados sobrevivieron a la transferencia.
Por desgracia, el tercer embrión murió en un aborto espontáneo. Mi madre se sintió decepcionada, pero probablemente no habría sobrevivido si hubiera tenido trillizos. Un colapso pulmonar la mantuvo en la cama en reposo absoluto durante la mayor parte del embarazo y, a raíz de unas complicaciones de la placenta, tuvo que ser sometida a una cesárea de urgencia y a una histerectomía. Mi hermano Sean y yo nacimos con cinco semanas de adelanto a mediados de los 90.
Mis padres nunca me ocultaron cómo había sido concebida. Sin embargo, a los 5 años me enteré de que era un tema tabú. Estaba jugando a las muñecas con mis primas Kelly y Shannon —las hijas de mi tía Molly— y, cuando salió el tema de lo mucho que nos parecíamos, Kelly dijo: “Bueno, es que técnicamente somos hermanas”.
Poco después, repetí eso mismo delante de mi madre. Para mi sorpresa, me agarró, me llevó al garaje y cerró la puerta.
“¿Cómo lo sabes?”, me preguntó, inquieta. “¿Quién te lo ha contado?”.
Estaba muy confusa. Le expliqué que Kelly me lo había dicho aquel día, pero que yo ya lo sabía. Mamá me lo había dicho muchas veces. A día de hoy, aún no sé por qué actuó como si fuera algo nuevo para mí.
“Esto no sale de casa, ¿entendido?”.
Sentí ganas de llorar. No solo tenía miedo de haberme metido en problemas, también tenía miedo miedo de que mi madre estuviera avergonzada. ¿Había algo malo en la forma en que me habían creado? Temía que mi madre hubiera preferido hacer las cosas de la forma normal. En ese momento no tenía las palabras para expresarlo, pero sentí que mi vida era un poco menos real que la de los demás. Como si hubiera algo artificial en mí.
No fue hasta mi segundo año en el instituto cuando descubrí la controversia que suscita la fecundación in vitro. Nos pidieron en clase de Historia que hiciéramos un trabajo sobre un hito histórico. Yo elegí el nacimiento de Louise Joy Brown, primer “bebé probeta”.
Las mentes que hicieron posible la FIV fueron los médicos ingleses Robert Edwards y Patrick Steptoe. Tras asociarse en 1968, se pasaron 10 años investigando sobre la reproducción humana, avanzando pese a las críticas por sus muchos experimentos fallidos. Finalmente, el 25 de julio de 1978, nació por cesárea un milagro de la medicina. La madre del bebé, Lesley Brown, llevaba nueve años intentando quedarse embarazada. Este avance les dio esperanzas a las mujeres con problemas de fertilidad.
Pero no todo el mundo celebró el logro. Uno de sus mayores detractores, la Iglesia Católica, veía la FIV como una violación de la voluntad de Dios y de la santidad del matrimonio. Y lo que era aún más significativo: suponía entrar en el eterno debate sobre el momento exacto en el que comienza la vida. En el proceso de la fecundación in vitro, los embriones muchas veces quedan destruidos o dañados. Muchos católicos consideran que es un asesinato, incluidos algunos miembros de la familia de mi madre.
No todo el mundo celebró el logro. La Iglesia Católica veía la FIV como una violación de la voluntad de Dios y de la santidad del matrimonio.
“Oh, Mary, algunas personas no están destinadas a tener hijos”, decía mi abuela con su fuerte acento irlandés cuando mi madre estaba intentando quedarse embarazada y sacó el tema de la fecundación in vitro. “Es la voluntad de Dios”. Mi madre respondió que probablemente a Dios no le molestaría.
El rechazo de mi familia hizo que la donación de mi tía Molly fuera aún más significativa. La mayoría de la gente es el fruto del amor de sus padres, pero yo no habría podido ser concebida si no se hubiera dado también ese amor entre hermanas. Mi concepción tuvo el poder femenino de Frozen.
Para evitar sembrar el drama en la familia, mi madre solía fingir que sus embarazos habían sido milagros de la naturaleza. Le confesó más adelante la verdad a su madre, cuando estaba a punto de morir en nuestra casa. La cosa fue bien. Mi abuela no puso objeciones. ¿Acaso podía? Ya nos quería a mis hermanos y a mí. Aunque, claro, el cáncer le había arrebatado el habla para entonces. Pero asintió con la cabeza.
En la actualidad, la fecundación in vitro se considera algo relativamente normal, a medida que ha aumentado la tasa de éxito y ha mejorado la tecnología. Desde 1968, han nacido más de cinco millones de bebés mediante técnicas de reproducción asistida en todo el mundo. Somos, literalmente, hijos de un milagroso avance científico.
Ya no mantengo en secreto cómo fui concebida porque es un dato interesante y divertido. A menudo la gente pregunta si siento un vínculo especial con mi tía, dado que ella también es mi madre biológica. No, en realidad no. Mi madre es mi madre, irritante como puede llegar a ser a veces. Además, como son hermanas, también comparto carga genética con mi madre.
Sin embargo, sí que tengo un vínculo especial con mis tres primas, Kelly, Shannon y Kaitlyn. Son mis hermanas. Gracias a ellas, comprendo la clase de amor que me trajo a este mundo.
No existen “personas artificiales”. Nadie diría que la vida de un superviviente del cáncer es menos real por haber dependido de la ciencia y de una tarjeta de crédito.
He reflexionado mucho sobre lo que significa ser un bebé concebido por FIV teniendo en cuenta la noción que tienen otras personas al respecto. Cuando Beyoncé se quedó embarazada de gemelos, la presentadora de televisión Wendy Williams (dando por hecho que Beyoncé había recurrido a la FIV), deslizó un comentario en el que insinuaba que las mujeres que concebían gemelos de forma natural debían de sentirse molestas por los embarazos “artificiales” de gemelos. Y dijo también: “Es un tanto inquietante que a día de hoy solo haga falta pasar la tarjeta de crédito para que suceda”. Y después comparó la FIV con los implantes de pecho o las extensiones de pelo, como si mi existencia fuera un capricho cosmético.
No existen “personas artificiales”. Nadie diría que la vida de un superviviente del cáncer es menos real por haber dependido de la ciencia y de una tarjeta de crédito. Si dejáramos que “la voluntad de Dios” se cumpliera, la mayoría de nosotros ya estaríamos muertos ahora mismo. Si Dios de verdad quisiera que nos resignáramos a aceptar nuestro destino, probablemente nos habría condenado por desacato hace mucho tiempo.
Nosotros, los bebés concebidos por fecundación in vitro, somos los hijos de lo que una vez se creyó imposible. Y aún más importante: nacemos del amor. Además ni siquiera tengo que imaginarme a mis padres practicando sexo.
Leo que, a finales de 2017, se cumplirán 40 años de la primera fecundación in vitro, llevada a cabo en Reino Unido por los doctores Robert Edwards y Patrick Steptoe y que tuvo como feliz resultado el nacimiento en julio de 1978 de Louise Brown, el primer ‘bebé probeta’. Sus padres habían estado durante nueve años intentando quedarse embarazados y, como última opción, probaron este método entonces en fase de experimentación.
Gracias, doctores. Gracias a los padres de Louise. Gracias por investigar, por arriesgar y gracias por vencer a todos aquellos que mostraron (y muestran) reticencias ante la intervención del hombre y de la ciencia en los procesos naturales. Sin vuestro trabajo y vuestra valentía, sin vuestros miedos y vuestro esfuerzo, mi hijo David no estaría a mi lado, respirando, abrazándome, dándome besos.
Sí, soy una beneficiada de la fecundación in vitro. Una más de los cientos de miles de mujeres que, en España y desde 1984, han apostado por este método de reproducción asistida. Por supuesto que no empezó todo así. Por supuesto que no fue la primera elección, al menos en mi caso. Fue el resultado de un largo camino.
Un camino que empezó poco después de casarme, cuando mi marido y yo decidimos tener hijos. ¡Cuánta ilusión! Era aquella época en la que pensaba: “Si me quedo embarazada el mes que viene, seré madre en octubre (o noviembre, o diciembre), con todo el frío”. La época de los cuentos de la lechera: “Cuando me quede embarazada el mes que viene, tendré que avisar al ginecólogo”. O a mi madre. O la canastilla. O…
Pero no. No llegaba. Pasó un mes. Pasó otro. Y así, muchos. Y lo que empezó siendo una pequeña decepción se acabó convirtiendo en una llantina cada vez que me venía la regla. Mi pareja no sabía cómo consolarme. Yo notaba que me dolía el corazón. Asumir el jarro de agua fría. Darte cuenta de que no puedes. De que algo está fallando. La conversación: “Tenemos que ir al ginecólogo”. Las miradas dolientes y cruzadas, el abrazo que no abraza, la lágrima que resbala por la cara.
“Lo que se hace por un hijo”
La primera tarea que nos puso el ginecólogo fue eso, deberes. Teníamos que intentarlo en los días fértiles del ciclo, dejando uno libre en medio y te apeteciera o no. Así estuvimos seis meses. Lo suficiente para intuir que quizás teníamos un problema médico. “A vuestra edad, yo lo que os recomendaría ir a una clínica de fertilidad, para que os valoren”. Yo tenía 34; mi pareja, 41.
Acudimos al IMF, al Instituto Madrileño de Fertilidad. En la sanidad pública solo nos esperaban las listas de espera, valga la redundancia. Nos informaron de todo: de los pasos, de los tiempos, de las pruebas preparatorias, de las inyecciones… y del precio. Entonces teníamos un seguro médico por ser periodistas, que nos costeaba hasta tres intentos antes de que yo cumpliera los 40. Algo de agradecer, porque el coste entonces, en total, rondaba los 4.500 euros.
Lo primero de todo y durante más de tres meses: las pruebas diagnósticas y, por ende, el miedo a encontrar ‘algo’. El análisis de sangre, el de orina, la citología, la histeroscopia, las ecografías de todo tipo, la histerosalpingografía –dios, la peor prueba médica que me he hecho en mi vida– y el seminograma que determinaba la calidad del esperma. Y otras tantas.
Luego llegó la confirmación de que tendríamos que someternos a la reproducción asistida: “Y en vuestro caso, os recomendaría directamente la fecundación in vitro; con la inseminación artificial fracasaríamos”. O sea, que iba a ser una tarea difícil.
Antes de empezar, quedaba una pequeña operación quirúrgica, un legrado, porque en el curso de todas estas pruebas me vieron un pólipo en el endometrio. Cuando estaba tumbada en la camilla de operaciones, esperando a que me pusieran la anestesia general para extraerlo, pensé: “Lo que se hace por un hijo”. Y era solo el principio.
Se pinchó como un globo
Empecé el proceso con una mezcla de ilusión y temor. Es al cuerpo de la mujer al que se le hacen todas las barrabasadas: primero, tomar durante un tiempo anticonceptivos; luego, los fármacos; después, los pinchazos. Las hormonas, inyectadas y alteradas. Fármacos como Gonal, Procrin, Fostipur, Menopur, Ongalutan, Ovitrelle, Progefik… empezaron a llenar la parte superior de la estantería que meses atrás habíamos comprado con ilusión pensando que albergaría los peluches del bebé.
Me hice una experta, no hubo tregua. Los primeros 12 días del ciclo hay que pincharse cada noche. Preparas la jeringa, te descubres la zona del ombligo, la enfrías con un paquete de guisantes congelados y, cuando está suficientemente insensibilizada, ¡zasca! Es el primer paso, la estimulación ovárica, en la que se persigue el desarrollo de los folículos para que en vez de generar uno por ciclo, como es lo natural, se obtengan el mayor número posible de ovocitos.
Inyecciones-visitas al médico-inyecciones-ecografías-inyecciones. El crecimiento de ovocitos iba bien… hasta que se detuvo. Aquello se pinchó como un globo. “Dejémoslo descansar, a ver si hay más suerte el mes que viene. Eres joven”. Ajá. Volvió el llanto, la incertidumbre, el dolor. Aquella amiga que mete la pata diciéndote “tienes las hormonas alteradas”. La vista de refilón al calendario. Llevamos casi dos años con esto.
Segundo intento. Inyección-médico-inyección-ecografía-inyección-revisión. Un día y otro. Y otro más. Y el aliento, fuerte y sentido: “Ahora parece que va mejor. Vamos a hacer la punción dentro de unos días”. Allí nos plantamos, de nuevo en la sala de espera y de nuevo en la mesa de quirófano y de nuevo con la mascarilla de la anestesia.
Se trata de hacer una punción en los folículos para extraer toda esa ‘enorme’ cantidad de ovocitos que has tenido que producir en las fechas previas. Hay mujeres que sufren una sobreestimulación y otros al contrario; yo produje 7, algo menos de la media, que en un ciclo normal genera entre 10-12 ovocitos. El mismo día, se entrega en el laboratorio el semen y ya solo queda que los expertos hagan su trabajo: elegir los mejores espermatozoides y los mejores ovocitos.
“Ahí, en esa jeringa, están mis hijos”
Y siguieron los nervios, aunque en esta ocasión la espera no fue demasiado larga. La misma tarde de la punción, mientras compraba en el supermercado, sonó el teléfono. Era el resultado del trabajo en el laboratorio: “Se han fecundado todos los embriones; dos de buena calidad, tres regulares y dos malos”. Ya desde el minuto uno en el que comienza la vida, empiezan los juicios, las valoraciones y las notas.
Así que al lunes siguiente, volvimos al IMF para el momento clave: la transferencia. Tiene incluso algo de mágico. Tumbada en la camilla ginecológica, tapada con una sábana, agarrando la mano de mi marido, de pronto, te dicen: “¿Estás preparada?” y –no es broma– rebajan las luces y de una puerta sale un enfermero con una jeringa con una aguja fina y larguísima, que introducen en mi útero.
Ahí, en esa jeringa, están mis hijos. Los dos que decido voluntariamente implantarme (según la Ley de Reproducción Asistida, solo se permiten 3 como máximo). En una pantalla les veo cómo llegan a mi interior. Ahí están David y Andrés. O David y Viridiana. O Viridiana y África.
Eliges voluntariamente cuántos te vas a implantar. Y eliges dos por si falla uno. Con el temor a que vengan mellizos, pero con todo el ánimo.
Y ahora, lo peor. La espera. ¿Habrá ido bien? ¿Se estará asentando? No debo realizar deporte, ni mantener relaciones sexuales, ni preocuparme si hay sangrados. ¿Es posible llevar una vida normal así, sabiendo si estás o no embarazada? Pasan 15 días y me hago una prueba de embarazo en sangre. “En 3 o 4 horas te llamamos, vete tranquila a casa”. ¿Tranquila? ¿En serio?
A eso de la una de la tarde, sucedió. “Hola, buenas tardes, soy María José, la enfermera. Mira, que hay buenas noticias: estás embarazada. De todas maneras, tienes que acudir el día 19 a hacer una ecografía para confirmarlo”.
Embarazada.
Yo.
Casi tres años después.
Emoción, llantos, la llamada a la madre. Sentir que hay algo latiendo dentro de tu interior, aunque hasta que el ecógrafo no lo verifique, no quiero hacerme ilusiones. El día 19 vamos juntos. La ecografía es vaginal, y comienzo a oír un latido rápido, fuerte. “Uy, qué nerviosa estoy”. Soy tan tonta que creo que es mi corazón. Pero no. Es el suyo. Solo hay uno, pero late seguro y sin detenerse ni un momento.
Desde aquel día, ese feto recibió el apodo de ‘Latiditos’. Cinco años después, sigue siendo el apodo de mi hijo David. Lo logramos. Y esta es la prueba.
